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PARTIDO POPULAR SOCIALISTA DE MÉXICO
EL PROCESO REVOLUCIONARIO EN AMÉRICA LATINA EN LOS INICIOS DEL SIGLO XXI.

Segundo fragmento del Informe al 128 Pleno del Comité Central,
1 y 2 de diciembre de 2006.

· Hoy, cuando el imperialismo yanqui ha incrementado su dominio sobre nuestra región, la lucha revolucionaria por la Segunda y Definitiva Independencia de Nuestramérica, que es histórica, se ha puesto a la orden del día y está en pleno ascenso.

· La Revolución democrático-burguesa y antifeudal, que estalló en nuestro país en 1910, fue sobre todo una revolución antimperialista, la primera de nuestra región, cronológicamente hablando. Sin embargo, no alcanzó su objetivo de transformar al nuestro en un pueblo libre y soberano, dueño de su destino, con acceso pleno a los bienes de la civilización y la cultura.

· Numerosos otros esfuerzos revolucionarios se han registrado en América Latina, por diversas vías. Sólo una revolución, hasta hoy, ha alcanzado su objetivo de romper todo lazo de dependencia respecto del imperialismo yanqui y lograr el ejercicio pleno de la autodeterminación para su pueblo: la Revolución Cubana.

· Luego de la consolidación de la Gloriosa Revolución Cubana, la que más ha logrado avanzar es la Revolución Bolivariana de Venezuela, que se ha ido radicalizando a un ritmo vertiginoso, acentuando cada vez más su carácter antimperialista, y que hoy en día ya explora el camino hacia su reorientación al socialismo y empieza a dar pasos concretos en esa vía.

· Ambas, la revolución de liberación nacional y la socialista, poseen unidad dialéctica en las condiciones actuales; ya no son dos procesos separados necesariamente por un largo tiempo. El proceso venezolano ha añadido además otro ingrediente: el de la lucha por la unidad política, económica y cultural de la Patria Grande, que demuestra la plena actualidad del ideal de Bolívar y José Martí.

· El de Bolivia, que en orden cronológico es el tercero de los procesos revolucionarios profundos que están en marcha actualmente en América Latina, ha avanzado vigorosamente.

· Además de los procesos revolucionarios antiimperialistas profundos ya señalados, hay otros cambios importantes en América Latina, como los que se dan en Brasil, Argentina, Uruguay y Nicaragua, y el muy reciente en Ecuador, que en modo alguno pueden desdeñarse.

· En el ascenso revolucionario de nuestros días en América Latina ha habido un instrumento victorioso cuyo uso se ha generalizado: la movilización popular. A sus muchos éxitos concretos agrega el de haber facilitado el proceso de elevación de conciencia de clase y antimperialista de los trabajadores en muchos casos; el de ayudar a corregir el vicio del sectarismo y la autosuficiencia en la izquierda y sus aliados progresistas.

En América Latina, es particularmente notable la tendencia ascendente de la lucha por la Segunda y Definitiva Independencia de nuestros pueblos, en nuestros días.

Históricamente el imperialismo norteamericano ha visto a América Latina y el Caribe como zona de exclusivo dominio. Sin embargo, hace cinco lustros, como parte de la globalización neoliberal, lanzó una nueva ofensiva para acrecentar su hegemonía. Lo hizo con el fin de fortalecer su posición en la lucha interimperialista en la arena mundial; también persiguió por ese medio nutrir su economía en crisis, a costa de la sobreexplotación y el saqueo de las nuestras; quiso asegurarse el abasto de energéticos –petróleo, gas, uranio-, y fortalecer su política belicista.

Desde entonces, el imperialismo norteamericano ha intensificado sus acciones para apropiarse de los principales medios de producción y cambio de nuestros países, y de nuestros recursos naturales, ya no sólo los tradicionales, también ahora la biodiversidad, el oxígeno y el agua, entre otros. Asimismo, con el fin de intensificar la explotación de nuestra fuerza de trabajo, que le resulta muy barata, y contrarrestar de algún modo la tendencia a la baja de la tasa de ganancia que registra la economía estadounidense, igual que la de todo el mundo capitalista. Otro objetivo ha sido el de subordinar las economías de nuestros países a la metropolitana. Y en lo político, dentro del mismo proyecto general, despojar a nuestros pueblos de su soberanía y autodeterminación. Todo esto ha traído como resultado el de convertir a los países de América Latina y el Caribe en neocolonias del imperialismo yanqui, cada vez más.

Históricamente la contradicción principal, en nuestra región, ha sido la que se da entre el imperialismo norteamericano y los pueblos y las naciones de América Latina y el Caribe, en su conjunto. La lucha revolucionaria para nuestros pueblos ha buscado, por lo tanto, desde tiempo atrás, derrotar al imperialismo y conquistar nuestra plena independencia económica y política, es decir, nuestra Segunda y Definitiva Independencia, luego de la que logramos frente a la dominación colonial europea a inicios del siglo XIX.

Hoy, luego de la puesta en marcha de la globalización neoliberal, cuando el imperialismo yanqui ha incrementado su domino sobre nuestra región, la lucha revolucionaria por la Segunda y Definitiva Independencia de nuestros pueblos se ha puesto a la orden del día y ha cobrado mayor vigencia que nunca. La gran batalla liberadora en la que están empeñados los pueblos todos de esta región fue prevista por Vicente Lombardo Toledano desde hace medio siglo: “Los pueblos de América Latina están próximos ya, juzgados en conjunto, a una gran movilización, parecida a la ocurrida en la época colonial, a principios del siglo XIX, que desembocó en la Revolución de Independencia. Porque si el imperialismo norteamericano ha logrado una gran influencia económica y política… esa misma intervención ha provocado un sentimiento colectivo contra el imperialismo que no tiene precedentes. Creer que los pueblos de América Latina van a resignarse a vivir como colonias de los Estados Unidos, no sólo es un grave error, sino revela una completa ignorancia de las leyes que rigen en nuestra evolución de países semicoloniales.” (“Brasil ha dado el ejemplo”, artículo publicado en la revista Siempre de la ciudad de México, número 125, del 16 de noviembre de 1955)

De hecho, la Revolución democrático-burguesa y antifeudal, que estalló en nuestro país en 1910, también y sobre todo fue una revolución antimperialista –la primera, cronológicamente hablando-; tuvo como objetivo, entre otros, el de frenar y revertir el proceso de colonización económica a que nos sujetaba el imperialismo estadounidense, ya en plena expansión. Así la definió Lombardo en numerosas ocasiones; y precisamente por ser antimperialista, fue una revolución de liberación nacional, por la Segunda y Definitiva Independencia de México, que logró avances significativos, profundos, en los órdenes económico, político, social y cultural. Entre otros de sus efectos, estimuló las luchas revolucionarias de otros países de la región latinoamericana y caribeña, casi todos, incluida la Gloriosa Revolución Cubana, como bien lo ha reconocido el Comandante Fidel Castro.

Sin embargo, no alcanzó su objetivo de transformar al nuestro en un pueblo libre y soberano, dueño de su destino, que tuviera acceso pleno a los bienes de la civilización y la cultura. Ya en la fase posterior a la lucha armada, vivió un prolongado y complicado proceso de luchas ideológicas y políticas entre las fuerzas revolucionarias y progresistas, impulsoras de los avances, por una parte, y las reaccionarias y proimperialistas que querían frenarla y destruirla, por la otra. Ese proceso conflictivo duró alrededor de tres cuartos de siglo, de 1917 a 1982, al final del cual la revolución descarriló, sobre todo a causa de la globalización neoliberal que implantó en México las políticas que diseñaron el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, agencias del imperialismo. Tomaron el gobierno en sus manos los neoliberales del PRI y del PAN, que son una y la misma cosa, y desde allí han facilitado que el poder pase a manos del imperialismo, que es quien lo detenta hoy.

La experiencia de todos los pueblos del mundo demuestra que no todas las revoluciones llegan hasta sus fines últimos de una sola vez, como también lo demuestra nuestra propia experiencia. Esa etapa de la larga lucha histórica de nuestro pueblo quedó inconclusa, como también quedaron truncadas las fases anteriores, la de 1810 y la de Reforma, que junto con la de 1910 han formado lo que Lombardo denominó “tres tiempos” de un proceso revolucionario único. Por eso cada nuevo movimiento retomó los objetivos inalcanzados y los anhelos del pueblo insatisfechos de la fase anterior. Lo que no “fracasa” ni pierde vigencia, en la concepción de Lombardo, es la Revolución Mexicana entendida como el proceso revolucionario histórico único del pueblo de México –la sinfonía entera-, que no puede perder vigencia en tanto los anhelos del pueblo no estén satisfechos del todo, ni puede fracasar, porque la voluntad de cambio del pueblo es imbatible y, si en una fase no logra sus objetivos últimos, ya reiniciará su lucha infatigable. El propio Lombardo anunció el inicio del “cuarto movimiento” de esa gran sinfonía: “Necesitamos una nueva Revolución… esta revolución será la cuarta etapa de la Revolución ininterrumpida de nuestra historia, después de las etapas de la Independencia, de la Reforma y de la lucha contra la dictadura de Porfirio Díaz. Esta cuarta revolución tendrá sus propias características... Será una revolución basada en la vigorización de la conciencia de clase del proletariado y en la educación política de las otras fuerzas sociales que han de cooperar a la democracia del pueblo. Una revolución caracterizada por grandes movimientos de masas, vigorosos, resueltos y entusiastas”. (La perspectiva de México, una democracia del Pueblo. Informe Político al Noveno Consejo Nacional del Partido Popular. 5 de abril de 1956)

Luego de la nuestra, de 1910, hubo otras revoluciones en los años y décadas siguientes en América Latina y el Caribe, también contra el imperialismo y de liberación nacional, si se les juzga por su contenido histórico concreto, aunque no en todos los casos lo proclamaran así. Varias de ellas siguieron el camino de la insurrección armada, y en particular la táctica guerrillera, en América Central y en América del Sur, luego de la exitosa experiencia de la Revolución cubana; otras, la vía de las elecciones, como el caso de Chile, con la Unidad Popular y Salvador Allende al frente; otras tomaron la senda de la movilización de masas; porque las formas posibles de la lucha revolucionaria son muchas y encontrar la que más conviene, depende de condiciones concretas de cada lugar y de cada momento; las más adecuadas para un país son inoperantes en otro, y las más viables en un mismo país, en cierto momento, no lo son en otro, si las circunstancias se han modificado.

A pesar de todos los esfuerzos, hasta hoy, sólo una revolución en nuestra región ha alcanzado su objetivo de romper todo lazo de dependencia con respecto del imperialismo yanqui y de lograr así el ejercicio pleno de la autodeterminación para su pueblo: la Revolución Cubana.

En nuestros días, sin embargo, la clase obrera y sus aliados en la lucha contra el imperialismo en América Latina y el Caribe experimentan una importante fase de ascenso. Luego del triunfo y la consolidación de la Revolución Cubana, la que más ha logrado avanzar hacia su independencia es la Revolución Bolivariana de Venezuela, que está viva y vigente. Es un proceso que se ha ido radicalizando a un ritmo vertiginoso, acentuando cada vez más su carácter antimperialista, y que hoy en día ya explora el camino hacia su reorientación al socialismo y empieza a dar pasos concretos en esa vía. Existe la experiencia de que revolución que no avanza, se frustra; y también, de que ninguna revolución de liberación nacional ha logrado sus objetivos de manera plena, si, en el proceso, no ha ido más allá de sus propósitos iniciales, fijándose nuevas metas; si no se ha señalado como objetivo superior la construcción de una sociedad sin explotadores ni explotados, una sociedad socialista. Porque ambas, la revolución de liberación nacional y la revolución socialista, poseen unidad dialéctica, en las condiciones actuales, y por tanto, no son necesariamente dos procesos separados por un tiempo prolongado; no se requiere que se consolide primero, y se desarrolle el régimen surgido de la Revolución democrático-burguesa, como sucedió en el pasado, en las sociedades que hicieron este tipo de revolución y construyeron regímenes capitalistas a los que hoy se les llama “desarrollados”, que están en la etapa del imperialismo, para después, en otro momento histórico, cuando hayan madurado nuevas y distintas contradicciones, pasar a la revolución socialista. Esto ya no es así: la Revolución de liberación nacional y la que ha de construir la sociedad socialista y comunista, en las condiciones de hoy bien pueden ser un mismo proceso, ininterrumpido y de muy rápida evolución. Así lo concibió Lombardo desde hace medio siglo: “Sé muy bien que en esta etapa de la historia humana, en el periodo de agonía del imperialismo, todas las luchas populares por la independencia nacional y por el progreso de los hombres conducen al socialismo”. (La perspectiva de México, una democracia del pueblo, Informe político al Noveno Consejo Nacional del Partido Popular, abril de 1955) Más todavía, en realidad las revoluciones de liberación nacional que no se han radicalizado y marchado al socialismo, han sucumbido, y dado paso a una fase regresiva hacia la dependencia neocolonial, como ocurrió con el tercer tiempo de la nuestra.

La Revolución Bolivariana de Venezuela, además, ha desempeñado una función muy valiosa por su participación en la solidaridad con la Revolución Cubana, sobre todo en esta etapa en que el imperialismo yanqui ha endurecido el bloqueo contra la Patria de Martí, Fidel y el Che. También ha sido valiosa su contribución a crear las condiciones para el ascenso de la revolución liberadora en toda la región. Y también ha tenido la virtud de poner en la mesa de discusiones el tema de la previsible integración latinoamericana en lo político, uniendo a nuestros países en una sola gran nación. La Alternativa Bolivariana de las Américas, ALBA, no es un proyecto sólo de orden económico, sino sobre todo político, además de cultural, que recoge el viejo ideal de Simón Bolívar y de José Martí, de unir a nuestros países en su lucha contra el imperialismo yanqui, que en el mundo de hoy cobra una dimensión nueva y mayor aun que en la época en que lo formuló El Libertador.

El proceso revolucionario en Bolivia, tercero en orden cronológico, de los procesos revolucionarios profundos que están en marcha en América Latina, ha avanzado vigorosamente desde el ascenso a la Presidencia, de Evo Morales. Este país andino ahora integra, junto con Venezuela, un dúo de naciones opuestas al imperialismo con firmeza y dispuestas a enfrentar sus designios sin concesiones. En ambos casos, los conjuntos de las fuerzas revolucionarias antiimperialistas más consecuentes han tomado el gobierno en sus manos y avanzan hacia la toma del poder, en medio de luchas constantes que se dan en el terreno de las ideas, de la batalla política, de las movilizaciones populares, de la creciente organización de la clase trabajadora y el muy amplio conjunto de sus aliados con los que cuenta en esta fase histórica de la Revolución.

Los convenios de intercambio que se dan entre Bolivia, Venezuela y Cuba, salen del ámbito del mercantilismo y la expoliación y retoman los principios de la solidaridad entre los pueblos y de la equidad, que habían desaparecido junto con la Unión Soviética.

Además de los procesos revolucionarios antiimperialistas profundos ya señalados, hay otros cambios de menor profundidad pero importantes, en América Latina, como los que se dan en Brasil, Argentina, Uruguay y Nicaragua, y el muy reciente en Ecuador. Gobiernos como el de Lula, Kirtchner, Tabaré y casi seguro el de Daniel Ortega, actúan en una lógica distinta de los de Venezuela y Bolivia, y desde luego, del de Cuba, porque su naturaleza es distinta y sus condiciones también lo son. Es verdad que no se enfrentan al imperialismo en su esencia, en su base económica; no nacionalizan sus recursos y, en muchos casos, ni siquiera frenan la penetración creciente del capital extranjero, sino que la toleran. Más todavía, algunos de ellos tampoco defienden, o no lo hacen con la firmeza necesaria, los derechos de los trabajadores y las masas populares frente al Poder económico imperialista, sino que continúan aplicando las políticas neoliberales. Sin embargo, no son lo mismo que otros gobiernos, como el de Uribe, en Colombia, ni los del PAN en México. Son gobiernos que tienen una política exterior independiente, que por lo menos en ese ámbito no se pliegan a los dictados de Washington y que interactúan de manera muy positiva con otros países del mundo al margen y aun en contra de los intereses yanquis, sea China, propiciando la diversificación de sus mercados; sean India y Sudáfrica, promoviendo un bloque que enfrente a Estados Unidos y la Unión Europea en la OMC, o sea Venezuela Bolivariana, propiciando su integración en el MERCOSUR y dando paso a una interacción económica con alto significado político de independencia frente al poderoso. Pero, sobre todo, lo que tiene mayor importancia y un sentido muy positivo de la política internacional de estos gobiernos, es su posición amistosa con respecto a Cuba, su negativa a sumarse al bloqueo criminal y su tendencia a exigir el cese del mismo en los foros internacionales. Todo esto tiene repercusiones significativas tanto en el escenario latinoamericano como en la arena mundial.

En el ascenso revolucionario de nuestros días en América Latina ha habido un instrumento cuyo uso se ha generalizado: la movilización popular. Los pueblos salen a la calle y se movilizan combativos contra los resultados de cinco lustros de políticas neoliberales; lo hacen de una manera natural, porque en este caso no se requiere un proceso complejo de comprensión para unir la causa con el efecto, para darse cuenta de que tales políticas los han empobrecido y humillado como nunca, regresándolos décadas atrás en sus procesos sociales. Es fácil observar los resultados, profundamente lesivos a los intereses de nuestros pueblos, de los cambios que el capitalismo senil de nuestros tiempos requiere para subsistir un poco más. La movilización, por otra parte, se ha demostrado sumamente eficaz, por los muchos logros que ha conseguido en otras tantas batallas. La movilización popular, además de ser una forma concreta y eficaz de lucha, en muchos casos ha sido también la escuela de masas en que los grandes conjuntos del pueblo han ido forjando su conciencia antimperialista y de clase. Han aprendido a ver más allá de la superficie y se han dado cuenta del contenido clasista del neoliberalismo y, sobre todo, de su esencia imperialista. Esto, sobre todo, gracias al papel que en el seno de los movimientos de masas han venido desempeñando las fuerzas más avanzadas y consecuentes, como los partidos comunistas y obreros.

La movilización popular también se ha desempeñado como instrumento para que las masas se organicen cada vez más, y para que los grupos y organizaciones diversas y múltiples que confluyen en la lucha, aprendan a coordinar y articular sus esfuerzos, a superar los vicios del sectarismo y la autosuficiencia, y para que poco a poco vayan encontrando vías para dejar atrás la época de la pulverización de la izquierda y de otras fuerzas progresistas, pulverización que ha propiciado el propio imperialismo y, junto con él, otras fuerzas regresivas.

Grandes movilizaciones populares precedieron y crearon condiciones para que pudiera darse el ascenso de Evo Morales a la Presidencia de Bolivia, y otras semejantes han logrado que ese proceso revolucionario pueda avanzar en medio de una feroz resistencia del imperialismo y la oligarquía. Grandes movilizaciones de las masas fueron el arma que hizo posible la reversión del golpe de Estado en Venezuela y el regreso de Hugo Chávez Frías a la Presidencia, y otras de gran magnitud han permitido las sucesivas victorias electorales y políticas, y la subsistencia y el avance de la Revolución Bolivariana en ese país. Movilizaciones de gran dimensión han precedido y facilitado incluso los resultados de tipo electoral que, sin entrañar cambios profundos tienen sin embargo un carácter positivo importante, en diversos países de la región. Ese mismo tipo de instrumento jugó una función muy importante en la derrota que los pueblos de América Latina infligieron a aquel proyecto imperialista que se denominó, Área de Libre Comercio de la Américas, ALCA, y en casos concretos han logrado impedir que tales o cuales gobiernos firmen tratados bilaterales o subrregionales de “libre” comercio. En fin…

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