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"México, con Calderón, podría estar en el inicio
de un lento proceso de militarización"
- Ponencia presentada en el Foro Nacional por la
Defensa de los Derechos Humanos en Oaxaca el pasado Martes 9 denero
Carlos Fazio / Rebelión / 12-01-2007
Compañeros de la Asamblea Popular de los Pueblos
de Oaxaca (APPO),
de la Asamblea Popular de los Pueblos de México (APPM)
y de la Fracción Parlamentaria del PRD en la Cámara de Diputados.
Dado que en otras ocasiones y en ámbitos diferentes me he referido
a la situación de los derechos humanos en Oaxaca y a que durante
el evento que nos convoca se rendirán diferentes testimonios de
víctimas directas de la represión, quiero enfocar mi intervención
en el análisis de la coyuntura y las tendencias hacia la conformación
de un nuevo régimen autoritario en nuestro país.México
vive un larvado proceso de fascistización. Si no se lo frena ahora,
su consecuencia lógica puede ser la consolidación de un
Estado terrorista. Conviene tomar en cuenta que el terrorismo de Estado
es algo más que la violenta implantación de un régimen
dictatorial: es una política cuidadosamente planificada y ejecutada
que responde a un proyecto de dominación de clase tendiente a configurar
un nuevo modelo de Estado que actúa pública y al mismo tiempo
clandestinamente a través de sus estructuras institucionales.
El estado de Jalisco, en 2004, con Francisco Ramírez Acuña,
y los estados de México y Oaxaca, en 2006, bajo las gubernaturas
de Enrique Peña Nieto y Ulises Ruiz, respectivamente, son sendos
laboratorios para la imposición de un nuevo modelo de dominación
a nivel nacional. En dichos casos, el Estado abandonó abierta o
encubiertamente el imperio del derecho y adoptó formas de excepción,
dando vigencia a la máxima latina “lo que place al príncipe
tiene fuerza de ley”. En esos casos, los gobernadores de Jalisco,
estado de México y Oaxaca contaron con el aval del ex titular del
Poder Ejecutivo, Vicente Fox, y con la actuación violenta de fuerzas
coercitivas, locales y federales.
El uso de la fuerza guarda relación con la pérdida de hegemonía
del bloque de poder, a través de sus representantes políticos
y portadores ideológicos, lo que obligó a la adopción
de formas excepcionales para la solución de las crisis. La fractura
en el bloque de poder -la ausencia de consenso político por parte
de los intereses del capital monopólico y las constantes disputas
entre las fracciones de clase dentro del bloque dominante-, y la ineficacia
de los instrumentos coercitivos que garantizaban un consentimiento condicionado
de las clases subordinadas -verbigracia, la incapacidad de los partidos
Revolucionario Institucional (PRI) y Acción Nacional (PAN) para
encauzar la lucha de clases dentro de los canales legitimados por el sistema-,
llevaron a la sustitución de los mecanismos de dominación.
Cuanto más graves y catastróficas sean estas crisis, más
excepcionalidad adquirirá la forma del Estado; más apelará
el bloque de poder a los estamentos militares y paramilitares (escuadrones
de la muerte, sicarios a sueldo, policías ministeriales, municipales
y auxiliares vestidos de civil, como ocurre hoy en Oaxaca) para resolver
de manera coercitiva lo que no le es posible ya lograr por el consentimiento.
Guiados por una fría racionalidad tecnocrática institucionalizada,
en la coyuntura del 2006, el fraude electoral -un nuevo fraude de Estado
montado en parte sobre el voto del miedo-, así como la represión
violenta de tipo contrainsurgente en la Siderúrgica Lázaro
Cárdenas-Las Truchas (Michoacán), San Salvador Atenco (estado
de México) y Oaxaca, y un virtual estado de sitio en torno al Palacio
Legislativo de San Lázaro (en vísperas y durante el sexto
informe de gobierno foxista y el cambio de mando Fox-Calderón),
han sido las formas de control directo del Estado y el acomodamiento del
mismo a las necesidades de los intereses estratégicos afectados.
De manera gradual desde la insurrección campesino-indígena
del EZLN en Chiapas (1994), México ha vivido un lento proceso de
militarización de todo el aparato del Estado y adoptado cada vez
más formas propias de un Estado de excepción. El Estado-mediación
ha ido cediendo espacio al Estado-fuerza, lo que, de suyo, implica la
elaboración de un nuevo derecho de base esencialmente discrecional
en cuanto a las facultades de los poderes públicos, sin sujeción
a criterios de razonabilidad y autolimitación.
La “legitimación” del uso de la represión violenta
desproporcionada y la práctica de la tortura contra grupos altermundistas
en Jalisco (2004), por el secretario de Gobernación del régimen
actual, Ramírez Acuña, y la reproducción aumentada
del nuevo modelo autoritario en Michoacán, Atenco y Oaxaca (2006),
configuran un Estado contrainsurgente en ciernes. Una nueva “filosofía”
y un nuevo tipo de dominación que, con el aval de Felipe Calderón
desde antes de asumir el cargo como presidente impuesto, y con el concurso
del Ejército, la Marina de Guerra, la Policía Federal Preventiva
(PFP), la Agencia Federal de Investigaciones (AFI), el Centro de Investigación
y Seguridad Nacional (Cisen) y la actuación de grupos paramilitares,
exhibe de manera descarnada, en Oaxaca, la nueva faz de un Estado clandestino
que utiliza el crimen y el terror como método.
Asimismo, como laboratorio del horror, Oaxaca exhibe la impunidad fáctica
y jurídica de “las fuerzas del orden”, amparadas por
un sistema judicial cómplice y temeroso, que ha sido usado como
instrumento de represión, persecución política y
amedrentamiento. Una impunidad total para matar, secuestrar-desaparecer,
aprisionar, torturar, vejar, humillar, violar sexualmente y trasladar
a miles de kilómetros, fincándoles cargos múltiples,
a disidentes políticos considerados “vándalos”,
“subversivos” o “terroristas” según la
lógica que impera en las estructuras del poder dominante, local
y federal.
Ante la incapacidad de las viejas formas de dominación para defender
el orden capitalista dependiente y contrarrestar la contestación
social en ascenso, la clase en el poder incorpora una actividad paralela
del Estado mediante una doble cara de actuación de sus aparatos
coercitivos: una pública y sometida a las leyes, y otra clandestina,
que aplica el “terror benigno” al margen de toda legalidad
formal.
La conformación de un “gabinete de choque” por el espurio
Calderón, con la llegada del ex subdirector gerente del Fondo Monetario
Internacional, Agustín Carstens, a la Secretaría de Hacienda
y el “padrino” Francisco Ramírez Acuña a Gobernación
-prontuariado por organizaciones humanitarias por los delitos de tortura,
detenciones arbitrarias e incomunicación de prisioneros y ahora
dotado de amplias facultades para coordinar acciones de seguridad nacional-,
anticipaban ya, en diciembre pasado, un gobierno de “mano dura”
afín a los intereses cupulares del Consejo Coordinador Empresarial
y sus aliados transnacionales.
Asimismo, la designación de dos hombres extraídos de los
sótanos de la seguridad del Estado, Eduardo Medina Mora y Genaro
García Luna, en la Procuraduría General de la República
(PGR) y la Secretaría de Seguridad Pública federal (SSP),
respectivamente, formó parte del mensaje autoritario inicial del
nuevo gobierno. La reubicación en puestos clave del área
de seguridad, de dos hombres que participaron en tareas de mando en los
hechos de violencia estatal antiterrorista en Michoacán, Atenco
y Oaxaca, no sólo dio una idea del continuismo del régimen
de derecha panista sino que evidenció la voluntad del titular del
Ejecutivo federal de persistir en las políticas de escarmiento
y terror disuasorio, violatorias de los derechos humanos, del gobierno
anterior.
La tendencia hacia la conformación de un régimen de fuerza
de nuevo tipo, sustentado en el poder de las armas, el terrorismo de Estado
y la censura previa,2 y no en la Constitución, las leyes y la civilidad
republicana, se ha venido confirmando con la militarización de
la seguridad interior vía la presunta “guerra” contra
el crimen organizado (operativos castrenses Michoacán, Tijuana
y Sinaloa) y el proyecto de reingeniería de los órganos
de seguridad del Estado, que comprende la creación de un Cuerpo
Federal de Policía y gendarmerías supervisadas por el Ejército
en localidades con menos de 20 mil habitantes así como la figura
de un nuevo “zar” antidrogas.3
Calderón: ¿mano militar?
Felipe Calderón dijo en campaña que tenía la “mano
firme” para restablecer “el orden y la seguridad” en
México. Y desde que asumió la Presidencia ha esgrimido un
vocabulario bélico e incluso se exhibió en indumentaria
militar. Sin embargo, en política, la forma y los símbolos
importan. Por eso, el “estilo personal de gobernar” del actual
titular del Ejecutivo ha arrancado algunas expresiones de alerta.
Desde un primer momento, Calderón, quien ganó los comicios
por medio punto porcentual y cuya legitimidad ha estado acotada por la
sombra de un megafraude de Estado, ha querido significar su asociación
con las Fuerzas Armadas. Ningún otro asunto ha recibido tanta atención
en los medios masivos de comunicación, en particular en la radio
y la televisión, como los anuncios de la Presidencia para mostrar
su cercanía con las instituciones armadas.
En el primer minuto del 1 de diciembre pasado, en una ceremonia sin precedentes
en la vida republicana de México, Calderón asumió
la titularidad del Poder Ejecutivo en la residencia oficial de Los Pinos
rodeado de militares. En un acto simbólico de traspaso del poder,
su antecesor, Vicente Fox, se despojó de la banda presidencial
y la entregó a un cadete del Colegio Militar. Acto seguido, ya
investido como mandatario, Calderón tomó protesta a los
miembros de su gabinete de Seguridad Nacional.
Horas después se produciría su agitada toma de mando ante
un Congreso militarizado. Pero lo más significativo de ese 1 de
diciembre fue la presencia de Calderón en el Campo Marte, donde
presenció un desfile castrense y luego, exceptuándolos de
la austeridad burocrática, anunció un aumento salarial para
los miembros de las instituciones armadas.
Con posterioridad, en el marco de una gran cobertura mediática
y contraviniendo el texto del artículo 129 constitucional, que
prohíbe a las Fuerzas Armadas ejercer en tiempos de paz funciones
que no tengan “exacta conexión con la disciplina militar”,
lanzó su “guerra” contra el narco y la delincuencia
organizada mediante la intervención combinada de soldados del Ejército,
infantes de Marina y las policías de todos los niveles en Michoacán,
Baja California y Sinaloa, estados detectados como los principales “focos
rojos” de la criminalidad.
Previamente había ordenado transferir 7,500 efectivos de la Tercera
Brigada de Policía Militar y 2,500 de la Marina de Guerra a la
Policía Federal Preventiva, confirmando el carácter paramilitar
de ese cuerpo, en un hecho que entraña, a la vez, una contradicción,
ya que la tarea de prevención del delito no se lleva con la preparación
y la actividad castrenses.
En el Presupuesto para el año fiscal aprobado en diciembre por
el Congreso, se registró un aumento significativo en el rubro seguridad,
en detrimento de otras áreas como educación y cultura. Así,
el presupuesto de la Secretaría de Seguridad Pública pasó
de 9.5 mil millones de pesos en 2006 a 13.6 mil millones para 2007; el
de la Secretaría de la Defensa Nacional aumentó de 26.9
mil millones de pesos a 32.2 mil millones, y el de la Marina pasó
de 9.4 mil millones de pesos a 10.9 mil millones de pesos para los mismos
años.4 Por su parte, la Secretaría de Gobernación
gastará casi 40 por ciento de su presupuesto en inteligencia estratégica
y seguridad nacional.5
Por otra parte, el 3 de enero pasado, en la que fue su primera actividad
pública en 2007, el Presidente se presentó en el cuartel
principal de la 43ª. Zona Militar, en Apatzingán, Michoacán,
ataviado con una gorra de cinco estrellas y casaca militar de combate,
rindió “tributo” a las Fuerzas Armadas y compartió
el “rancho” (el pan y la sal según la jerga castrense),
con los soldados. Desusado en México, el gesto fue interpretado
como un intento por ostentarse como comandante supremo de las Fuerzas
Armadas. Pero también fue visto como una manera de demostrar que
cuenta con el apoyo del Ejército después de una elección
muy cuestionada. Miguel Angel Granados Chapa habló incluso de la
“sujeción” del presidente de la República a
las Fuerzas Armadas.6 Y la portada de la revista Proceso de esta semana
es de suyo elocuente: “El rehén”, es el título
de portada que atraviesa una foto que exhibe a Calderón con quepí
militar y uniforme de faena verde olivo, rodeado de mandos castrenses.7
Los espectaculares y multipublicitados operativos conjuntos del Ejército,
la Marina de Guerra y las distintas policías contra el narco y
la delincuencia organizada han arrojado hasta ahora magros resultados.
Lo que sí avanza de facto es la reestructuración de todas
las policías bajo un mando único a nivel federal.
El proyecto ha sido elaborado por expertos en contraterrorismo que han
pasado por el Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen),
la Policía Federal Preventiva (PFP) y la Agencia Federal de Investigaciones
(AFI), con asesoría de mandos militares, de la Guardia Civil española,
la policía francesa y otras corporaciones extranjeras como la Oficina
Federal de Investigaciones (FBI) y la agencia antidrogas (DEA, por sus
siglas en inglés) de Estados Unidos.
Sin que hayan sido aprobadas por el Congreso las reformas legales correspondientes
para su creación, el nuevo Cuerpo Federal de Policía (CFP)
fusionará y asumirá las atribuciones, facultades, capacidades
y la operación de la Policía Federal Preventiva, la Agencia
Federal de Investigaciones y la Inspección Migratoria, y muy posiblemente
también a la Policía Fiscal, que hoy depende de la Secretaría
de Hacienda y Crédito Público.
De manera provisoria, hasta que el Congreso apruebe las modificaciones,
el mando de la CFP -que hará las veces de una policía nacional
encargada de la seguridad, pero también del control de los movimientos
políticos y sociales-, ha sido encomendado al general de Brigada
Ardelio Vargas Fosado, quien el 15 de diciembre pasado fue designado comisionado
de la PFP y director de la AFI, simultáneamente.8
El general Vargas, quien inició su carrera en el área del
espionaje político en la desaparecida Dirección Federal
de Seguridad (DFS) y fungió como director de investigaciones en
el Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen), antes
de ser nombrado jefe del Estado Mayor de la PFP, cargo desde el cual dirigió
en el terreno los operativos contrainsurgentes en San Salvador Atenco
y Oaxaca, en 2006, comandará una fuerza de 40 mil hombres.
Asimismo, el comisionado tendrá bajo su mando a cinco comisarios,
cada uno a cargo de un área específica: policía ciudadana,
policía auxiliar del Ministerio Público, aduanas, migración
e inteligencia. Esta última, cuyo comisario designado es Ignacio
Nemesio Lugo, se encargará de investigar terrorismo y grupos armados.9
Trascendió que en la creación de la figura de un “zar”
antidrogas, el gobierno de Calderón ha trabajado de manera estrecha
con autoridades de Estados Unidos adscritas al área de seguridad
nacional y altos mandos militares. Se anticipa, también, que el
nuevo “zar” antinarcóticos tendrá vínculos
directos con todas las áreas de los departamentos de Estado y del
Tesoro, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas y la agencia
antidrogas de Estados Unidos. Se prevé incluso la instalación
de más oficinas de la DEA en territorio mexicano.10
En el marco del Acuerdo para la Seguridad y la Prosperidad de América
del Norte (ASPAN), igual que Vicente Fox, en el gobierno de Calderón
la política interior de México forma parte de la agenda
de seguridad nacional de Washington. Por su asimetría, la militarización
y transnacionalización de los “esfuerzos bilaterales”
del combate contra el crimen organizado y el terrorismo, significa, para
México, una cesión de soberanía.
Por otra parte, cabe apuntar que la “guerra” del Estado contra
el crimen organizado plantea un falso dilema. Se podrá controlar,
administrar o acotar al hampa. Pero no derrotarla. Porque en México
existe una corrupción institucionalizada. La criminalidad organizada
ha tenido un desarrollo endógeno. No se trata de un fenómeno
paralelo, ajeno a las estructuras del Estado. Ha crecido al interior mismo
de la estructura de poder. Atraviesa a las grandes empresas, la banca
privada, las Fuerzas Armadas, la Procuraduría General de la República,
el aparato judicial, la clase política.
Con medidas de tipo policial y militar, Calderón podrá intentar
devolver cierta autoridad al Estado y un mínimo de orden a la sociedad.
Que paren las decapitaciones y la violencia extrema. Pero nada más,
salvo intentar legitimarse.
Para derrotar a la criminalidad se necesita reformar a fondo las injustas
estructuras. Pero esa no es la “misión” del proyecto
conservador de Felipe Calderón.De allí
que, como decíamos al principio, lo que se avizora para México
sea un nuevo modelo autoritario de seguridad. Un Estado de corte cada
vez más policial-militar, basado en prácticas de tipo contrainsurgente.
Un nuevo Estado de excepción, que con la excusa de combatir a los
cárteles y las mafias, esté dirigido a controlar y/o aplastar
a los movimientos sociales y a la disidencia política interna.
México viaja a contracorriente de los vientos de fronda que azotan
la geografía latinoamericana. Con Calderón, presidente débil,
podríamos estar asistiendo a un proceso de bordaberrización
del Estado. La expresión alude a la experiencia uruguaya protagonizada
por el presidente Juan María Bardaberry, quien llegó al
gobierno en 1972 mediante un fraude electoral y un año después,
con apoyo de los militares, disolvió el Parlamento, ilegalizó
los sindicatos, cerró la Universidad y dio inicio a un proceso
cívico-militar basado en la represión, la desaparición
y la tortura, de la mano de una Doctrina de Seguridad Nacional patrocinada
por Estados Unidos en todo el Cono Sur de América Latina.Es
decir, México, con Calderón, podría estar en el inicio
de un lento proceso de militarización bajo fachada civil, sustentado
en leyes de excepción.Al respecto, cabe
recordar, finalmente, que, como decían los clásicos y sucedió
en Uruguay y otros países de la región, “las bayonetas
sirven para todo, menos para sentarse sobre ellas”.
Notas
1 Carlos Fazio, profesor investigador de la Universidad Autónoma
de la Ciudad de México (UACM) y profesor de asignatura en la Facultad
de Ciencias Políticas de la UNAM. Periodista y escritor. Colaborador
de La Jornada.
2 En enero de 2007, el director general de Radio, Televisión y
Cinematografía de la Secretaría de Gobernación, Eduardo
Garzón Valdez, contraviniendo el artículo séptimo
constitucional, censuró un programas en medios electrónicos
de Andrés Manuel López Obrador, para transmitirse con cargo
a los tiempos oficiales del Partido de la Revolución Democrática,
donde había fragmentos de su toma de posesión como “presidente
legítimo” de México.
3 Gustavo Castillo García, “Plantea el gobierno gendarmerías
para pueblos con menos de 20 mil habitantes”. La Jornada, 17 de
diciembre de 2006
4 José Luis Piñeyro, “Gasto, ¿público?”.
El Universal, 6 de enero de 2007.
5 Fabiola Martínez, “Usará Gobernación 40%
de su gasto en inteligencia y seguridad nacional”. La Jornada, 27
de diciembre de 2006.
6 Miguel Angel Granados Chapa, “La sujeción”. Revista
Proceso número 1575, 7 de enero de 2007.
7 Ver portada de la revista Proceso número 1575, 7 de enero de
2007.
8 Gustavo Castillo García, “Arranca en los hechos unión
de AFI y PFP bajo mando de Ardelio Vargas”. La Jornada, 16 de diciembre
de 2006.
9 Gustavo Castillo García, “Plantea el gobierno gendarmerías
para pueblos con menos de 20 mil habitantes”, ya citado.
10 Gustavo Castillo García, “Estrecha colaboración
México-EU para crear la figura de zar antidrogas”. La Jornada,
5 de enero de 2007.
www.unidad.org.mx
| unidad.mexico@gmail.com
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