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Gerardo Fernández Casanova / emancipacion.org La estructura institucional mexicana ya
caducó. Son muchas las manifestaciones de la caducidad, algunas
muy dolorosas. Pero la gota que derramó el vaso fue el fraude electoral cometido el pasado 2 de julio, que arrebató a las malas el triunfo electoral de la Coalición por el Bien de Todos y de Andrés Manuel López Obrador. Hasta antes de esa fecha todavía se tenía esperanza de que, por la vía de las instituciones, pudiera darse el proceso de renovación nacional. Había que hacerlo de esa forma; quemar etapas de la historia sólo la distorsiona. Algunos dirán que ya lo sabían, Marcos entre ellos, pero el conjunto social tendría que experimentarlo en carne propia, de otra suerte sólo quedaría en la simple especulación intelectual. Fallaron las instituciones y agraviaron a la mayoría de los mexicanos, no sólo a AMLO. Hoy, en virtud de tal proceso, la gente está decidida a buscar el cambio de las instituciones y la reforma del estado. Valió la pena el desengaño. El caso de Oaxaca es, en este nuevo marco, la expresión del conflicto. Un gobernador surgido del fraude que, en el colmo de la estupidez, se desempeña como si dispusiera del verdadero apoyo mayoritario; golpea y reprime, no sólo a sus adversarios políticos, sino a movimientos sociales de genuina expresión. La represión al magisterio reclamante de mejores condiciones laborales, extiende el conflicto al más amplio sector de la población; el agravio de unos se convierte en agravio de todos. La gente exige la destitución del gobernador haciendo del gobierno federal el destinatario de sus reclamos, suponiéndole poder para hacerlo (resabio de los viejos tiempos en que el Presidente podía atenderlo). Desafortunadamente para el caso, pero afortunadamente para la democracia, el Presidente no lo puede resolver, menos aún cuando está secuestrado, sea Fox o sea Calderón, por la minoría priísta en el Congreso, quienes en todo caso venderían demasiado caro su aporte a la solución. La represión sería contraproducente pues generaría un incendio en campo seco, en vísperas de la imposición de un presidente espurio. Al gobierno federal sólo le ha quedado el papel de convocar a los acuerdos, tan eficazmente como las llamadas a misa. De cualquier manera, la lucha de los oaxaqueños es ya un enorme salto en el proceso de renovación estructural de la sociedad mexicana, cualquiera que sea su desenlace. En otra muestra de la descomposición, la cloaca rebosante exhibe a Gamboa Patrón, ese diputado particular de Televisa, paseándose tan campante y chantajeando en la Cámara, sin la menor pena después de haber sido encuerado por la grabación de sus conversaciones con el malhadado pederasta Kamel Nacif, ese que también acompaña en desvergüenzas al gobernador de Puebla, el “gober precioso”. Pero no todo es crujir de dientes; también nuestros próceres se dan oportunidad para el chascarrillo y la picardía. Tal pareciera ser el tema de la Medalla Belisario Domínguez que anualmente otorga el Senado de la República, supuestamente para honrar a quien supo morir en defensa de la libertad democrática, cuando el chacal Victoriano Huerta usurpó el poder. Supónese que tal presea se otorga a quienes, de alguna forma, sean émulos de aquel valiente chiapaneco y merezca el reconocimiento público. Acepto que en estos días de “plena vigencia democrática” sea difícil encontrar casos plausibles de candidatos a la medalla; pero que, en su carencia, se postule al cantante Luis Miguel no deja de ser un aberrante chascarrillo. Se vale tener una oportunidad para la burla institucional. www.unidad.org.mx | unidad.mexico@gmail.com
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