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Por Carlos Fazio* / E-Mail: serviex@prensa-latina.cu México (PL).- En una fugaz y caótica ceremonia, inédita en la etapa posrevolucionaria del país, Felipe Calderón asumió la presidencia de la República en un México sumido en la violencia y en una profunda crisis institucional. Resguardado por un fuerte dispositivo militar, Calderón, un abogado conservador perteneciente al Partido Acción Nacional (PAN, derechista), entró y salió por la puerta de atrás del salón de ceremonias del Palacio Legislativo de San Lázaro, y permaneció apenas tres minutos en el recinto, los necesarios para rendir su protesta como mandatario e irse. Su llegada, aguardada entre expectación y tensión, morbo y crispación por una ciudadanía polarizada, fue precedida por una nueva trifulca entre legisladores de su partido y de la oposición. En un hecho insólito, diputados del PAN y del Partido de la Revolución Democrática (PRD, centroizquierdista), mantenían ocupada de manera violenta la tribuna del Congreso desde tres días antes. Los panistas, para garantizar que Calderón pudiera jurar como titular del Ejecutivo. Los perredistas, para tratar de impedirlo, ya que lo consideran un presidente "espurio" surgido de un fraude. Flanqueado por el mandatario saliente, Vicente Fox, y por el presidente de la mesa directiva de la Cámara Diputados, Jorge Zermeño, y custodiado por elementos del Estado Mayor Presidencial, un cuerpo de élite del Ejército que responde al titular del Ejecutivo, un Calderón desencajado cumplió rápidamente con el ritual presidencialista en medio de abucheos y silbidos. Al momento de rendir su juramento, diputados de oposición corearon la consigna "protestas y te vas, protestas y te vas". En previsión de que la ceremonia de cambio de mando no pudiera finalmente efectuarse en la sede del Congreso, como dispone la Constitución, Calderón había sido investido de la primera magistratura por el presidente Fox en el último minuto del jueves 30 de noviembre, en un acto privado y carente de legalidad, en la residencia oficial de Los Pinos. En un ambiente marcadamente castrense, Fox entregó la banda presidencial, máximo emblema de la Presidencia, a un cadete militar, para que éste se la pasara a Calderón. Fue, en rigor, una demostración evidente de debilidad, pero que, sin embargo, para algunos observadores constituyó una inequívoca amenaza de fuerza. Así, a medianoche, con un entorno marcial cargado de simbolismo, la caracterización de Calderón como jefe del Ejecutivo fue realizada por una voz en off en cadena nacional. Lo que ratificó el afán o la necesidad del grupo gobernante de sustituir a las cámaras del Poder Legislativo por las cámaras de la televisión. "Asumió por TV", sintetizó en su nota de portada el diario Milenio. Sin duda, una manera dramática y distorsionada de comenzar un ejercicio de gobierno. Casi 10 horas después, Calderón se presentó ante un Congreso militarizado en varias cuadras a la redonda, como virtual presidente en funciones, antes de prestar la protesta reglamentaria. En un contexto signado por la disputa por los símbolos, Calderón, quien en julio pasado obtuvo sólo 35.9 por ciento de los votos y deberá encabezar un gobierno de minoría, trató de aparentar que el resultado de la elección no está sujeto a una fuerte impugnación por la fuerza opositora liderada por el ex jefe de gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador. Mientras Calderón hacía su fugaz irrupción en el Congreso, López Obrador iba a la vanguardia de una nutrida manifestación de simpatizantes que le reconocen como presidente legítimo. Los marchistas tenían la intención de llegar hasta el Auditorio Nacional, donde Calderón recibiría a sus invitados extranjeros y correligionarios del PAN, pero fuerzas de élite de la policía militarizada, con vallas y equipo antimotines impidieron el paso. En un mitin improvisado en pleno Paseo de la Reforma, López Obrador prometió a sus seguidores impulsar desde su "presidencia paralela" lo que definió como "la cuarta república". Para eso, a través de los legisladores del PRD y sus aliados reunidos en el frente Amplio Progresista, impulsará una reforma política que de paso a nuevas instituciones que hagan efectivo el derecho a la democracia y a la justicia social. De alguna manera, este 1 de diciembre quedaron simbolizados los dos México en que está dividido hoy ideológicamente el país. Para muchos ese día marca el fin de una época y el inicio de otra. En rigor, termina la era Fox y hay un cambio de guardia. Pero no habrá cambios de fondo en la manera de conducir el país, dado que Calderón encarna el más puro continuismo. En todo caso, su gabinete de choque, liderado por el ex vicepresidente del Fondo Monetario Internacional Agustín Cartens, en materia económica, y por Francisco Ramírez Acuña, titular la cartera de Gobernación y un hombre singularizado por la "mano dura" tras su gestión como gobernador de Jalisco, en el área de seguridad, no deja mucho lugar para el optimismo. Es predecible que México seguirá sumido en la incertidumbre, y asoma ya, en el horizonte, la posibilidad de una regresión autoritaria. Sin descartar, dada la actual coyuntura, que Calderón pueda convertirse en la punta de lanza de un intento restauracionista de corte conservador a nivel hemisférico, bajo el control de Estados Unidos. *El autor es Colaborador de Prensa Latina. www.unidad.org.mx | unidad.mexico@gmail.com
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