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Algunas reflexiones a propósito de Oaxaca

Jorge Alonso Sánchez / 06-11-2006

Estamos a punto de ir a una manifestación en apoyo a la lucha de los insumisos oaxaqueños. Hay muchas demandas: fuera el sátrapa Ulises, castigo a los asesinos que va a defender el PRI, desarmar a los paramilitares y guardias blancas de los caciques, cese de la represión, retiro de la policía federal, libertad a los presos políticos (con Fox han crecido los presos políticos), presentación con vida de los desaparecidos (la vieja demanda contra la guerra sucia de los setena y ochentas), que los oaxaqueños decidan quién los gobierne por medio de elecciones libres y no como las pasadas (todo esto es para hacer tiempo y que el Ulises se pueda ir, pero sin que haya elecciones)...

Ante la lucha de los jóvenes defendiendo su bastión de ciudad universitaria acudí a un historiador para ver lo del 68 en París: Michel de Certeau. Nos hace recordar las barricadas de Argel. Una semana que se llamó la batalla de Argel (en el 58). Y también, el historiador fino y respetado lanza una frase que fue retomada después como básica: los jóvenes habían hecho cosas nuevas que rememoraban la toma de la Bastilla.

La PFP dice que se retiró motu propio, y que sólo quería liberar la calle. Veo videos en donde los esbirros golpean las puertas de la Universidad... De Certeau dice: los jóvenes se lanzan a la reconquista de su dignidad, estimulando a sus mayores. Hay que formar filas a su lado. De Certeau hace un análisis de un movimiento que los viejos profesores no entienden. Hay una protesta por la sociedad que les tocó vivir. Percibe totalmente la fuerza existencial de la expresión del conflicto. Ve su creatividad: "Una vida insospechada surge. Hay un rechazo. Su fragilidad muestra también su grandeza".

De Certeau intenta descifrar lo "indecible" de la revuelta. Hay un cuestionamiento a la sociedad. Percibe la tensión existente entre la nueva e inesperada exigencia de una generación que expresa su insatisfacción. Aun en sus expresiones "salvajes" encuentra su potencialidad y novedad. Revela las tentativas de recuperación "cientificista" para encerrar "la herejía", lo aberrante en los cansados esquemas de inteleligibilidad para reducir la fuerza del cuestionamiento. Pero los que actúan no se reconocen en eso. No se dejan explicar como los explican, nos advierte De Certeau. Advierte el error de los llamados científicos sociales que quieren encerrar el movimiento en sus "rejillasplantillas de lecturas preestablecidas de acontecimientos, que por su naturaleza, rebasan los marcos institucionales y deben ser leídos a partir de la innovación". Nos dice: "un acontecimiento no es lo que podemos ver o saber de él, SINO EN LO QUE SE CONVIERTE. Esta opción sólo se comprende en el riesgo y no por la observación". Hay la irrupción de un nuevo lenguaje que escapa a la sintaxis en uso. Hay que tratar de ver su escenificación. Su simbolismo no puede ser entendido en reediciones; hay un decir inaugural. Hay una novedad en acciones que parecen repetir lo tradicional. Pero no es una simple reconfiguración de lo antiguo. Por eso critica a los historiadores y sociólogos que niegan la existencia de lo nuevo. Hay un desgarramiento del tiempo realizado por el acontecimiento.

De Certeau teme que se olvide lo que acaba de sobrevenir. Dice que es imposible OLVIDAR. "Acabamos de vivir un acontecimiento y el fuego cae rápidamente, provocando un miedo a los protagonistas". Critica las operaciones limpieza que quieren borrar la memoria, en un aparente clima de "normalización". Fustiga a los que se comportan como si nada hubiera pasado. Llama a entender la revolución simbólica que se caracteriza más por lo que significa que por lo que efectúa. El símbolo afecta a todo el movimiento. Pretende situarse en el corazón del acontecimiento, en desentrañar lo que tiene de innovador, a liberarse de la cosificación de las ciencias sociales. Critica fuertemente a los que repitiendo los viejos esquemas de interpretación aplican la lógica de "la sospecha al discurso de los actores, reduciendo su contenido a su posición social y a una expresión fundamental de mala fe". Llama a partir del conflicto de los hechos y de los signos y de la CRISIS DE LAS REPRESENTACIONES". El movimiento social no hay que eufemizarlo, sino captarlo como un incentivo mayor en el cuestionamiento de los lenguajes y de los conocimientos. Lo revolucionario del movimiento es que TRASTORNA el lenguaje social. De Certeau descubre en los itinerarios mismos de las manifestaciones, la expresión de un lenguaje que toma al revés los símbolos dominantes para invertir su significado. En cuanto al signo que encarna la edificación de las barricadas en las calles no remite a su materialidad o alguna inspiración de orden militar, sino que aparece como ruptura frente a la autoridad, expresando "la feliz dimensión simbólica de una transgresión creadora de comunidad". . Todo esto abre a nuevos POSIBLES por su capacidad para liberar obliterando las nuevas perspectivas, haciendo que aflore lo latente para hacer de él un factor de polémica. Abre brechas decisivas. No celebra el acontecimiento para contarlo, sino para "elucidarlo". Hay disociación entre el poder y el lenguaje simbólico nuevo. Hay un decir, y hacer y un contagio que tiene que ver con algo similar a lo místico. Hay espacios liberados, y peleados, y luego recuperados. Hay una refriega continua que pone en cuestión radicalmente el sistema de REPRESENTACIÓN. Llama a detectar la irrupción, la emergencia, la novedad, ese momento incierto que es un comienzo; ese tiempo de transición AMBIGUO. Reconoce que ante todo esto para muchos es difícil decidirse. Pero insiste: para mostrarse, las novedades de disfrazan. Hay mucho de frágil, que elige entre los distintos posibles. Hay un instante que permite entrever una mutación. Se expresan de manera diferente. Hay algo indeterminable, una agitación indefinible propia de lo nuevo. Ante esto exhorta a la historia y a las ciencias humanas a estar atentas a las modificaciones. Invita a sumergirse en nuevas formas de hacer ciencias sociales, sin tampoco hacerse ilusiones sobre su capacidad para saturar el sentido.

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