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Un mito derechista
Gustavo Iruegas
Persiste entre los conductores políticos e ideológicos de la derecha mexicana la necedad de que México ha tenido una posición de liderazgo en América Latina. Los más obtusos aseguran que tal liderazgo existe y los mesurados se conformarían con recuperarlo. La reciente visita de algunos mandatarios latinoamericanos ha traído nuevamente a cuento esa inmodesta fantasía.
Para analizar tan grosera aseveración es necesario revisar el significado del término liderazgo. En primer lugar hay que recordar que la voz es de reciente acceso a la lengua española. Sustituye a “caudillo” que se refería a quién encabeza, guía o manda a la gente de guerra y, modernamente pero con poco uso, a quien dirige algún gremio, comunidad o cuerpo. Así, se hablaba de “Morelos, caudillo del sur”, o del “padre Hidalgo, padre de la patria y caudillo de la guerra de independencia”. El concepto “caudillismo” se aplicó a cierto periodo de la historia latinoamericana entre el inicio de la independencia y la consolidación de los estados nacionales, pero adquirió carácter negativo cuando fue referido a la figura típicamente latinoamericana del jefe político en el cual se concentran todos los poderes de una entidad o región o época. Esto indujo la transferencia del sentido original del término “caudillo” al anglicismo “líder”, que proviene del inglés “leader” con su acepción de alguien que es seguido por otros. Los diccionarios especializados aplican el vocablo a la persona que ocupa una posición de autoridad en la conducción de un grupo, legitimada por la aceptación del propio grupo. Sin embrago el Diccionario del español usual en México, lo atribuye, en primer lugar, a la “persona que encabeza y dirige un grupo político, social, religioso, etc.: un líder obrero, la líder sindical, los líderes del Tercer Mundo” y, en segundo, al “Que ocupa el primer lugar en una clasificación cualquiera o encabeza una competencia deportiva: la compañía líder en el ramo, el equipo líder, el líder en una carrera ciclista. Liderazgo es el ejercicio de las atribuciones del líder; tiene liderazgo quien tiene la condición de líder. El DRAE le añade a liderazgo, el significado de “situación de superioridad en que se halla una empresa, un producto o un sector económico, dentro de su ámbito”.
En ninguna de estas tres acepciones, la de caudillo, la de primer lugar o la de superioridad, México puede, ni ha podido tener una posición de liderazgo en América Latina. Quienes creen en el supuesto liderazgo mexicano no se dan cuanta de que con esa presunción ofenden a los gobiernos y a los pueblos que consideran sus seguidores, de que en las clasificaciones internacionales México suele obtener bajísimas calificaciones, ni de que México, muy lejos de ser superior, no es particular; se llueve y se moja como los demás.
Lo que sí tuvo México fue el reconocimiento en ciertos sectores de la inteligencia latinoamericana de que México actuaba en política internacional con criterios propios y con independencia diplomática. La impecable y valiente intransigencia de Carranza frente a la ocupación de Veracruz por tropas norteamericanas; el rechazo a la intromisión de Argentina, Brasil y Chile en las conferencias del Níagara; la doctrina Estrada; la actitud mexicana en la Sociedad de Naciones; la oposición a las obsecuentes resoluciones de la OEA tomadas para convalidar las invasiones de Estados Unidos a otros países de la región; la negativa a romper con Cuba; la promoción del desarme; la política de asilo; la actuación frente a los conflictos revolucionarios en Centro América y tantos otros episodios como estos propiciaron que ése reconocimiento deviniera en cierto prestigio que hacía que la voz de México se escuchara con atención en la región y en los foros internacionales. En el interior la política exterior era calificada como política exterior de estado porque, dictada por el ejecutivo, contaba con la aprobación del congreso (que no era mucho decir en la época) y con el respaldo popular que la legitimaba. Se ha dicho que la política exterior mexicana llegó a hacer las veces de ideología nacional. En efecto, los gobiernos de la revolución mexicana no construyeron muy sólidas bases ideológicas, excepto en lo que a la defensa de la soberanía nacional se refiere.
Ese prestigio, que no era paradigmático, no se traducía en influencia y ni siquiera en solidaridad. Los siguientes son algunos casos que lo demuestran:
· México impugnó en la Sociedad de Naciones la agresiva intervención de Alemania e Italia en España y exigió a la Sociedad de Naciones que cumpliera los compromisos del pacto al tiempo que criticó la actitud franco británica de practicar una política de indiferencia alegando una de no intervención; pero actuó solo. La actitud mexicana no fue seguida por los gobiernos de las naciones hermanas del continente.
· Cuando la OEA dispuso castigar al gobierno revolucionario de Cuba con la ruptura de relaciones diplomáticas por parte de sus miembros, México se negó a acatar esa disposición. Los demás rompieron.
· Especialmente demostrativo de la inexistencia del pretendido liderazgo fue un caso que ocurrió cuando el presidente López Portillo ordenó al canciller Castañeda romper relaciones diplomáticas con el gobierno de Somoza. Junto con el mandatario costarricense Carazo Odio dispuso que una misión diplomática integrada por un funcionario mexicano y uno costarricense visitaran los países andinos para pedir a sus gobiernos que ellos también rompieran relaciones con el dictador. Ninguno aceptó. No fue una mala gestión, fue una mala misión. Después se supo que todos ellos ya habían acordado con los propios sandinistas que romperían con Somoza después de que lo hiciera México, pero la solicitud pública hizo imposible la ruptura: Ningún gobierno podría romper relaciones con otro por solicitud de un tercero y, menos aún, de México, sería admitir el liderazgo. La solución de compromiso fue revivir la figura del reconocimiento de beligerancia que dieron los andinos a los sandinistas, pero ésa es otra historia.
· Los gobiernos de México y de Francia emitieron una declaración conjunta en la que advertían a la comunidad internacional de la existencia en El Salvador de un conflicto armado en que los contendientes eran por un la fuerza armada salvadoreña y por el otro una fuerza política representativa del pueblo salvadoreño; la mayoría de los estados latinoamericanos criticó la declaración y solo unos pocos se abstuvieron de comentarla.
· La creencia en el liderazgo tuvo su más patética expresión y desastrosos resultados en el presidente Fox, cuando en la reunión Cumbre de las Américas celebrada en Mar del Plata intentó usar su ilusorio liderazgo para imponer el tema del ALCA en la agenda de la reunión. De ahí surgieron las diferencias con Argentina y Venezuela y tangencialmente con Bolivia y Brasil que ahora trata de recomponer la administración de Calderón.
· Ante la insistencia de los personeros de la derecha en necesario señalar que la idea del liderazgo tiene un corte fascista acorde con las concepciones y actitudes de la derecha mexicana que debe ser rechazada por las fuerzas progresistas del país como un verdadero agravio a la política exterior que tanto sirvió a México; que es consustancialmente antidiplomática y demuestra la pobreza de una gestión internacional que se refugia en un pasado que rechaza.
Las buenas relaciones diplomáticas son necesarias para los gobiernos y benéficas para los pueblos, aún cuando los gobiernos tengan signos contrarios. La activa presencia diplomática de México en Latinoamérica en la época de las dictaduras militares lo demuestra. Las embajadas son útiles, lo que estorba es la estolidez de los funcionarios. Bienvenidos los mandatarios latinoamericanos.
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