| De misterios y apariciones |
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Carlos Fazio
La teatral y amañada reaparición de Diego Fernández de Cevallos el 20 de diciembre no ha logrado despejar las dudas sobre su presunto plagio de siete meses y la identidad de sus captores. Preparado con nueve días de anticipación, el montaje escénico-mediático sobre la resurrección del jefe Diego, que contó con la complicidad de Televisa, Tele Fórmula, El Universal y Milenio, siguió un guión diseñado por asesores de imagen expertos en el sutil arte de engañar con la verdad, y estuvo dirigido a fabricar un nuevo mito: el de un
héroerenacido, purificado y converso. Así, por la magia de la televisión y con el concurso de los egos inflados de un puñado de amanuenses tarifados de medios bajo control monopólico, La indolente actitud del siempre rollero Felipe Calderón en torno al affaire Fernández de Cevallos, así como la abdicación del Estado en la investigación de un crimen que se persigue de oficio y fue privatizado, aunado al sospechoso proceder de la Procuraduría General de la República, que sigue sin dar al caso tratamiento de secuestro, han alimentado diversas especulaciones. Se dijo que se trató de un autosecuestro. Que fue un plagio gubernamental disfrazado de subversivo: algunas hipótesis adujeron un ajuste de cuentas, una suerte de escarmiento a Fernández de Cevallos y al clan Salinas para sacarlos del camino hacia 2012; otras, que se buscó manufacturar al tal Diego como candidato Se sugirió incluso un canje por el narco Ignacio Coronel. Y no hay que descartar que los secuestradores sean parte de un grupo de elite de alguna estructura de seguridad del Estado o mercenarios contratados por el Pentágono. ¿El mensaje? Nadie es intocable. Asimismo, el La automarginación extralegal del Estado en un caso de secuestro de alto impacto; la extraña participación en la trama del general retirado Arturo Acosta Chaparro, cultor de la guerra sucia vinculado a cárteles criminales, quien resultó baleado; la utilización de la revista Proceso en las Alimentada por desinformación sembrada desde los sótanos del poder (PGR y García Luna et. al.), y mediante personajes como José Antonio Ortega Sánchez, utilizado como Todo lo anterior no debe llevar a desestimar por completo que el plagio haya sido perpetrado por una organización político-militar clandestina, que, como afirman los presuntos secuestradores en el epílogo de una desaparición, oponen a la violencia destructiva-estructural del Estado, la violencia constructiva de los de abajo. Una violencia al servicio de un proyecto de rehumanización de México, inducen a pensar, que impulsa una nueva forma de justicia, y que como en el caso de Diego Fernández, no mata, no decapita ni destaza o cuelga de los puentes a sus enemigos: respeta la dignidad de la persona. Es obvio, también, que podríamos estar ante un texto apócrifo, escrito por algún agente provocador del régimen o de un grupo político-económico de poder, avezado en la contrainsurgencia y el lenguaje ideológico de cierta izquierda, para generar más caos y desestabilización. Amén de que por paradójico que parezca, podría tratarse de una acción de propaganda armada con secuestro revolucionario y, a la vez, de un montaje distractivo del régimen, dado que la simulación forma parte orgánica del sistema de dominación imperante.
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