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Me place dirigirme a un joven que quiere contribuir con su pensamiento y su acción, a transformar el mundo, porque no hay tarea más hermosa ni más alta.
Construir un mundo mejor, hacer de la vida una ocupación creadora de nuevos valores que liquide las privaciones, la injusticia, la ignorancia y los prejuicios que engendró el régimen capitalista, hegemónico sobre el escenario de la Tierra hasta hace medio siglo, para facilitar su desarrollo y dominar a todos los pueblos es, sin duda, una de las obras supremas de la historia. La transformación de la sociedad humana es una actividad eminentemente política. Por eso quienes luchan por el advenimiento del socialismo el único régimen social posible después del sistema capitalista, deben tener la idea clara de que su profesión es la política. Para algunos elementos de la joven generación parecerá extraño quizá, que pueda ser considerada la política como una profesión al lado de las otras, las de ingeniero, químico, médico, abogado, economista, arquitecto o maestro en cualquier nivel de la enseñanza. Pero es una profesión porque absorbe todas las energías de que es capaz un individuo, y porque requiere conocimientos que sólo el estudio sistemático de la comunidad humana puede darle. La política es una profesión científica. ¿Por qué científica? Porque la sociedad forma parte de la naturaleza y ésta se rige por leyes que constituyen el objeto de las diversas disciplinas del saber sin las cuales no se podría utilizar el mundo que nos rodea. Seria inadmisible, por irracional o ilógico creer que sólo una parte de la naturaleza está sujeta a leyes, y fue la otra parte, la sociedad humana es un acontecer sin normas. Tal suposición equivaldría a admitir el caos como parte integrante del orden universal. La ciencia es una sola, porque la naturaleza el universo al que pertenece nuestro sistema solar y, por tanto, al planeta que habitamos es indivisible y única. Si hay diversas ramas científicas es para facilitar la investigación y el conocimiento; pero todo cuanto existe es un proceso compuesto de hechos, de fenómenos con formas y características propias del mismo contenido sustancial. La política es la ciencia dedicada a dirigir a la sociedad. Requiere el conocimiento de las aportaciones que han hecho otras disciplinas que se refieren a los problemas humanos: la biología, la sicología, la geografía, la historia, la antropología, la economía política, el derecho, la religión, la arquitectura y el arte, cuyo remate es la filosofía, síntesis de la cultura universal y arma suprema para el logro del cambio progresivo de la sociedad humana. No concebir la política así, como una teoría de la dirección y de las transformaciones de la sociedad, y como una práctica al mismo tiempo, es rebajarla al nivel de la especulación intrascendente o de la acción ciega expuesta a constantes reveses. Es posible, por supuesto, dedicarse al conocimiento de la evolución de la sociedad para fines reducidos de la erudición; pero entonces la política pierde su principal meta que es el cambio de las relaciones humanas. También se puede actuar sin base doctrinaria; pero en este caso el papel de la política se anula como ciencia, como factor que planea la edificación de un mundo nuevo. Por eso decía Lenin que no puede haber acción revolucionaria sin una teoría revolucionaria. ¿Cuál puede ser esta teoría? ¿La que cada persona, organización o partido formule? No, porque no hay ciencia de lo particular como tal. Como todas las ciencias, la política es ciencia de lo general, conjunto de principios que se desprenden de acontecimientos que se producen independientemente del querer o de la voluntad de los hombres, y que, por su similitud y repetición en determinadas circunstancias o en toda una época, alcanzan el valor de leyes la evolución histórica. ¿Cuál es la doctrina que sirve de base a la política, a la ciencia de planear y conducir el proceso de la sociedad? No puede ser otra, en sus principios generales, que la doctrina sobre el universo, el mundo y la vida. Desde el principio del discurrir sistemático, creado por la civilización griega, cuna del racionalismo, cuatro corrientes caracterizan la filosofía; el idealismo, el materialismo, la metafísica y la dialéctica. El idealismo resuelve el problema fundamental de la filosofía el de la relación entre el pensamiento y ser hacienda del espíritu el dato primario. Considera al mundo como una encarnación del “espíritu universal”, de la “idea absoluta”. Sólo la conciencia tiene existencia real. El mundo material, el ser, la naturaleza, es el producto de la conciencia, de las sensaciones, de ras representaciones, de los conceptos. Hay distintas escuelas de la filosofía idealista; pero dos son las más importantes: el idealismo subjetivo y el idealismo llamado objetivo. Aquél coloca, en la base de todo lo que existe, la sensación, la representación, la conciencia del sujeto. Para el idealismo objetivo la base de todo está constituida no por la conciencia individual subjetiva, sino por una conciencia objetiva y mística, por la conciencia en general, por el espíritu o la voluntad universal que se halla fuera del hombre. Platón es el pensador más representativo de esta doctrina. Prevaleció el idealismo clásico durante la Edad Media entre los que hicieron de la religión la base principal del conocimiento y el móvil de la conducta. Cuando la burguesía hace su aparición en el escenario de la historia, tiene sus más altos representativos en la filosofía de Berkeley y de Hume. En el siglo XVII y en las primeras décadas del siglo XIX, el idealismo está representado por Kant, Fichte, Schelling y Hegel. Y en la etapa moderna, la del imperialismo, por Mach y Avenarius. La doctrina materialista, contrariamente al idealismo, considera a la materia como dato primario, y a la conciencia, al pensamiento, como dato secundario. Nació en los países del Oriente antiguo, en Babilonia, Egipto, la India y China. A fines del siglo VII y a principios del VI anteriores a nuestra era, en la época de la formación de las ciudades griegas, se desarrolló vigorosamente. Sus representativos más valiosos fueron los filósofos de la escuela de Mileto: Tales, Anaximandro y Anaxímenes; más tarde, Anaxágoras, Empédocles, Demócrito, Epicuro y Lucrecio. En la etapa dominada por la corriente idealista el filósofo Occam sólo consiguió abrir la controversia entre idealistas y materialistas. Pero el Renacimiento, que fue, ante todo, una revolución ideológica, no sólo robusteció la teoría materialista, sino que, con la libertad de investigación, impulsó los conocimientos científicos. Copérnico postuló el sistema heliocéntrico, que echó por tierra la tesis secular que consideraba al planeta que habitamos como centro del universo. Pero fue Francis Bacon, enemigo de la escolástica y defensor del conocimiento experimental, el fundador del materialismo moderno. Gassendi, Spinoza, Locke, Toland, hacen avanzar la doctrina materialista de un modo considerable, y los filósofos e investigadores partidarios de la ciencia la elevan a un alto nivel como La Mettrie, Holbach, Diderot y Helvecio. En el siglo XVIII, Lomonósov amplia el horizonte de la investigación y, por tanto, hace de la teoría materialista una tesis vigorosa. En la siguiente centuria, Belinsky, Hersen, Chernichevski y Dobroliuvov contribuyen a ella con nuevas aportaciones, hasta que llega a Ludwig Feuerbach y, finalmente, a Marx y a Engels. Tanto el idealismo como el materialismo se refieren a la esencia del universo, del mundo y de la vida. En cuanto al método para abordar los fenómenos de la naturaleza y de la sociedad, la filosofía se divide en metafísica y dialéctica, éstas tan antiguas como el idealismo y el materialismo. Para la metafísica, los objetos y sus imágenes en el pensamiento, los conceptos constituyen fenómenos aislados, fijos, inmóviles, enfocados uno tras de otro como algo perenne. Para la dialéctica, por el contrario, el método para conocer y utilizar los hechos de la naturaleza y de la sociedad humana, se apoya en la tesis de que todo es un fluir, un constante cambio. El griego Heráclito formuló esta opinión en sus principales rasgos. Y después, con limitaciones, Aristóteles, cuya teoría deformada habría de dominar la filosofía de la parte final del mundo antigua y de los siglos de la Edad Media. A semejanza de lo que aconteció con el idealismo, el progreso de las ciencias de la naturaleza asestó rudos golpes a la metafísica. Kant fue autor de la teoría natural del cielo. Lomonósov de la ley de la conservación de la materia y del movimiento, de la evolución de la Tierra. Hegel formuló la tesis del desarrollo dialéctico, que desempeñó un papel trascendental en el progreso del método científico. El mundo histórico y espiritual por entero, afirma, es un solo proceso de movimiento, cambio, desarrollo y transformación continuos. Las contradicciones internas de lo que pensamos y observamos constituyen la fuente principal de este automovimiento. Marx y Engels asocian, por primera vez en la historia de las ideas, la doctrina materialista y el método dialéctico. Todo lo creado por la filosofía fue revisado por ellos con espíritu crítico. Tomaron de Hegel su médula racional la doctrina del desarrollo, desechando su corteza idealista e impulsaron la dialéctica imprimiéndole un carácter científico nuevo. Se sirvieron también de Feuerbach, de su tesis sobre la relación material entre el pensamiento y el ser, y la despojaron de sus superposiciones idealistas, la religión y su ética, creando una forma superior del materialismo. Hasta antes de Marx y Engels la filosofía sirvió exclusivamente a las clases sociales dominantes según su época; a los propietarios de esclavos, a los patricios, a los señores feudales, a los aristócratas y a la burguesía. Al surgir la doctrina del materialismo dialéctico, la clase obrera adquirió con ella su propia filosofía no sólo por su afirmación de la unidad del universo, del mundo y de la vida en constante cambio producido por las contradicciones inherentes a la materia, que explica y postula la renovación de la sociedad, sino también porque, corno afirmó Marx, las escuelas de la filosofía tradicional han servido sólo para intentar el conocimiento de la realidad, cuando lo que más importa es transformarla. Pero ¿qué entiende por materia la doctrina filosófica del materialismo? No el concepto vulgar que sobre ella se tiene. La materia es el substrato de lo que constituye el mundo exterior al hombre, desde los objetos inanimados hasta las formas más fluidas de lo que existe; desde las innumerables galaxias del firmamento hasta los cuerpos dotados de vida, y también de su mundo interior; desde las manifestaciones primarias de su existencia biológica hasta su espíritu, que es el reflejo de la naturaleza sobre su pensamiento. Todo es materia, aunque no se palpen por igual las formas que adopta. Esto significa que la materia no ocupa un lugar en el espacio, como creían los, antiguos, sino que el espacio y la materia son la misma entidad, porque no hay espacio sin materia ni materia sin espacio. La materia no se halla en un recipiente vacío. No existen huecos entre los cuerpos celestes ni contingencias en los fenómenos naturales, que autoricen a sostener que entre unos y otros deben buscarse fuerzas no materiales para poderlos comprender. Otra explicación seria la de dividir lo que hay fuera y dentro del ser humano en dos partes cualitativamente distintas: lo natural y lo sobrenatural. Pero esta clasificación corresponde al periodo en que el hombre, por su ignorancia, atribuía a seres infinitamente superiores a él, con atributos semejantes a los suyos, el gobierno del mundo. Sin embargo, el conocimiento ha alcanzado tales progresos que hoy nadie se atrevería, con sentido de responsabilidad científica, a afirmar lo que imaginaba la infancia de la humanidad. Y la materia, ¿permanece la misma? ¿No se mueve? ¿No se transforma? Así como no hay espacio sin materia, no hay materia sin movimiento. A este respecto también existe un concepto vulgar del movimiento, que consiste en admitirlo exclusivamente como el cambio de una cosa de un lugar a otro. Es la concepción del movimiento mecánico elemental; pero el movimiento tiene expresiones innumerables, desde la traslación de los cuerpos hasta las vibraciones imperceptibles para los sentidos; desde las transformaciones que se realizan en el macrocosmos hasta los que se operan en el seno del átomo; desde las corrientes eléctricas susceptibles de medición hasta los fenómenos del magnetismo, que se empiezan a precisar; desde las funciones biológicas conocidas del ser humano, semejantes a las de los otros individuos dotados de vida, hasta los fenómenos complejos de su actividad nerviosa superior de la cual sabemos sólo una parte. El movimiento es la razón de ser de la materia. Pero el movimiento no ocurre como impulso uniforme, como fenómeno puramente cuantitativo. La lógica la ciencia de las formas del pensamiento se basaba, desde Aristóteles hasta hace unas décadas, en axiomas, en reglas tenidas por verdaderas, porque se decía que sin ellas es imposible el conocimiento: el principio de identidad, el principio de contradicción y el principio de exclusión del medio. El principio de identidad se expresa diciendo que A es igual a A, que las cosas son siempre las mismas en cualquier circunstancia, porque si cambian dejarían de ser lo que son. El principio de contradicción afirma que las cosas no pueden ser y dejar de ser al mismo tiempo. Y el de exclusión del medio, que no hay posición intermedia entre el ser y el no ser. Sin embargo, esos son los axiomas de la lógica para un mundo inmóvil, no de la lógica de la realidad. En la naturaleza sucede lo opuesto a las normas de la antigua lógica. Todo es y está dejando de ser lo que es. A es A y no A al mismo tiempo. La contradicción es el motor del movimiento y, en consecuencia, la ley fundamental de la materia, que pasa de la afirmación a la negación y de la negación a la negación de la negación, de la tesis a la antítesis y la síntesis, que es un hecho nuevo, distinto a las premisas que lo hicieron posible. El movimiento es el cambio de lo cuantitativo a lo cualitativo, que se produce en forma de saltos, lo mismo en el seno del cosmos que en el proceso histórico de la sociedad humana. Como se ve, el materialismo dialéctico, la filosofía creada por Marx y Engels, no brotó un buen día de sus cabezas o de su inspiración. Es la suma de los conocimientos logrados por la civilización y la cultura a lo largo de los siglos. Sus adversarios, los idealistas y los metafísicos, no han podido invalidarla ni podrán hacerlo nunca porque cada descubrimiento, en cualquiera de las ramas del saber, la confirma. Es cierto que las leyes de la naturaleza constituyen verdades provisionales en el sentido de que pueden ser rectificadas por otras de mayor validez; pero algunas son ya irrefutables porque son ciertas para hoy y para siempre, como las relativas a la materia, al espacio y al movimiento, con las características señaladas por el materialismo dialéctico. De todo lo dicho se colige que los jóvenes partidarios del socialismo no pueden emprender su lucha impulsados sólo por su intuición, porque caerían en el idealismo, que lleva a la improvisación o a la aventura. No la pueden confiar tampoco en el cambio inevitable y fatal de la sociedad, porque caerían en la tesis del desarrollo mecánico, exclusivamente cuantitativo, dentro del cual la intervención del hombre es casi nula. Lo grandioso del materialismo dialéctico estriba en que es una doctrina del mundo y de la vida con una concepción verdaderamente científica de la materia y del movimiento, que los filósofos y los investigadores del pasado no estaban en aptitud de alcanzar. El materialismo dialéctico sitúa al hombre en el centro del mundo no como un ser pasivo, sino activo, como un ser creado por el proceso de la naturaleza; pero también como un creador de ella, por la interacción que existe entre el ser y el pensamiento. La aplicación de la filosofía del materialismo dialéctico a la sociedad humana constituye la doctrina del materialismo histórico, de la disciplina que concierne al proceso de la humanidad, y sirve a la clase obrera para que pueda llegar al poder y realizar el cambio del capitalismo al socialismo. El materialismo histórico es la concepción materialista de la historia. Hasta antes de Marx dominaba la concepción idealista de la historia. En el discurso que pronunció Engels ante la tumba de Marx, dijo que, así como Darwin descubrió la ley del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx descubrió la ley del desarrollo de la historia humana: el limbo sencillo de que el hombre necesita, en primer lugar, corner, beber, tener un techo y vestirse, antes que hacer política, ciencia, arte, religión, etcétera, y que, por tanto, la producción de los medios de vida inmediatos, materiales y, por consiguiente, el estadio del desarrollo económico en que un pueblo se halle o el de una época, constituye el basamento sobre el cual se forman las instituciones políticas, las concepciones jurídicas, las ideas artísticas, e incluso los sentimientos religiosos de los hombres, y de acuerdo con el debe explicarse el proceso histórico y no al revés, como hasta entonces se había hecho. En consecuencia, son los modos de producción de los bienes materiales necesarios a la existencia del hombre los que determinan toda la vida social y condicionan el paso de un régimen social a otro. Cuanto mayor es el nivel de las fuerzas productivas, mayor es el dominio del hombre sobre la naturaleza. Pero hay que tener en cuenta las relaciones humanas que crea el modo de la producción económica en cada momento histórico, la forma en que el valor de la producción se distribuye entre los factores que han contribuido a ella. Marx expuso la esencia del materialismo histórico en el prólogo de su obra Contribución a la Crítica de la Economía Política. En la producción de su vida, dijo, los hombres contraen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción, que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas forras de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia. Al llegar a una determinada, fase de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad chocan con las relaciones de producción existentes, o, lo que no es sino la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas Y se abre así una época de revolución social. Al cambiar la base económica se revoluciona, más o menos rápidamente, toda la inmensa superestructura erigida sobre ella. Cuando se estudian esas revoluciones hay que distinguir siempre entre los cambios materiales ocurridos en las condiciones económicas de producción, y que pueden apreciarse con la exactitud propia de las ciencias naturales, y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas, en pocas palabras, las formas ideológicas en que los hombres adquieren conciencia de este conflicto y luchan por resolverlo. Y del mismo modo que no podremos juzgar a un individuo por lo que él piensa de sí, no podemos juzgar tampoco estas épocas de revolución por su conciencia, sino que, por el contrario, hay que explicarse esta conciencia por las contradicciones de la vida material, por el conflicto existente entre las fuerzas productivas sociales y las relaciones de producción. Ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más altas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado en el seno de la propia sociedad antigua. Por eso, la humanidad se propone siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar, pues bien miradas las cosas, vemos siempre que estos objetivos sólo brotan cuando ya se dan o, por lo menos, se están gestando, las condiciones materiales para su realización. Esta tesis sobre el materialismo histórico forma la sustancia de la política como ciencia. De ella se desprenden las leyes que rigen la sociedad en sus diversas etapas y, por consiguiente, la sociedad capitalista moderna, su movimiento, sus contradicciones internas y sus perspectivas. ¿Cuáles son estas contradicciones? ¿En qué momento dan origen al salto de lo cuantitativo a lo cualitativo, a la revolución? ¿Qué papel desempeñan las instituciones, las ideas que forman la superestructura antes de la crisis, durante ella y después de ella? ¿Qué fuerzas pueden y deben dirigir el cambio de la sociedad capitalista a la sociedad socialista? Estas y otras preguntas se hallan implícita, en la doctrina del materialismo histórico; pero no se busquen en sus postulados respuestas para los problemas sociales concretos a la manera de un recetario, porque, como el mismo Marx decía, la doctrina del materialismo histórico no es un sistema cerrado, concluido, sino sólo una guía para la acción. Lo que caracteriza al régimen capitalista es la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción; es decir: entre la forma de producción de los bienes que sustentan a la sociedad y la manera en que esos bienes se distribuyen. El problema, expuesto de un modo esquemático, es el siguiente: el obrero trabaja para el capitalista o patrón vendiéndole su fuerza de trabajo, por regla general, por debajo de su valor. La clase capitalista se apropia de la diferencia que hay entre el valor de la mercancía o servicio producido por los obreros, manuales e intelectuales, y el salario que reciben. A esta diferencia se le llama plusvalía y constituye la fuente principal de los ingresos, utilidades o ganancias del capitalista. El empleo de las máquinas y el desarrollo de las fuerzas productivas son medios para elevar la plusvalía La contradicción que ésta representa, es el factor principal de la lucha de clases, que se agudiza con el correr del tiempo porque con los adelantos de la ciencia y el progreso ininterrumpido de la técnica la producción y los servicios se han convertido en una actividad cada vez más social, al participar en ellos la mayoría de los hombres y mujeres aptos para el trabajo. Por el sistema de producción capitalista el trabajo se convierte en una mercancía, y el hombre en un alienado, en un objeto de la oferta y la demanda, en un ser que no disfruta de libertad para decidir el curso de su vida, ni tiene acceso a los beneficios de la civilización y de la cultura. El régimen del salariado lo condena a vivir con todo género de privaciones y en lucha permanente para aumentar la retribución de su esfuerzo. ¿Cuál es la solución? Ir a la causa del sistema, a la propiedad de los medios de producción. Porque la plusvalía es posible por la apropiación privada de la tierra, los bosques, las aguas, el subsuelo, las materias primas, y los instrumentos para producir, como las máquinas y las herramientas, y por la apropiación del dinero y del crédito. Si la propiedad de los medios de producción deja de ser propiedad privada y se transforma en propiedad social, de toda la sociedad, el producto del trabajo, que constituye la riqueza de un país, se podrá distribuir de un modo justo y desaparecerán la plusvalía, en su forma actual, y la lucha de clases. El socialismo no se propone acabar con el capital, sino con el capitalismo. Tampoco trata de suprimir la producción, sino los beneficiarios particulares de la producción. ¿Cómo proceder? Hasta antes de Marx el socialismo era utópico, porque no se apoyaba en leyes sociales objetivas. Sus mayores exponentes Moro, Campanella, Saint Simon, Fourier, Owen y otros examinaron a fondo la estructura del sistema capitalista, reconocieron la Lucha de clases y otras de las características del régimen de la propiedad privada; pero no descubrieron el camino para el establecimiento del socialismo. Correspondió a Marx señalarlo. La única clase social, afirmó, que tiene interés vital en sustituir el capitalismo por el socialismo, es la clase obrera, la clase social revolucionaria por excelencia, porque nada tiene que perder sino sus cadenas. Debe proponerse la toma del poder e imponer su dictadura, como la burguesía impuso la suya al asumir la dirección del Estado. Sin la dictadura del proletariado no es posible liquidar la propiedad privada de los medios de producción y del cambio, y transformarla en propiedad social. No es posible pasar del capitalismo al socialismo. ¿Cómo ha de proceder el proletariado? Asociando a su propósito a sus aliados naturales: los campesinos, los demás trabajadores manuales y los intelectuales, ganando su confianza y convirtiéndose en su vanguardia a través de un partido, el partido de la clase trabajadora. Un partido político armado con la doctrina del socialismo científico, que descansa en la filosofía del materialismo dialéctico y en las tesis del materialismo histórico, porque las organizaciones de masas, como los sindicatos obreros y las agrupaciones rurales, son organismos de frente unido, constituidos para lograr principalmente un mejor nivel de vida de quienes los integran, independientemente de las ideas y de las creencias que sustenten. Para los fines del paso del capitalismo al socialismo la contribución de Marx consistió, fundamentalmente, en esas dos ideas: al advenimiento de la clase obrera en el poder y la dictadura del proletariado. Por clase obrera hay que entender no sólo a los obreros de la industria, sino a los trabajadores de las diversas actividades que producen los bienes materiales y espirituales de los que vive la sociedad, y por dictadura del proletariado la supresión de la propiedad privada de los medios de producción y no la tiranía política, sino la dirección de la sociedad, a través de los diversos órganos del estado, de acuerdo con la concepción que la clase trabajadora tiene de la vida social, reemplazando las relaciones de producción creadas por el capitalismo, las relaciones sociales basadas en la explotación del hombre por el hombre, por vínculos y estímulos de fraternidad al desaparecer las clases antagónicas. En octubre de 1917 el socialismo dejó de ser sólo una perspectiva para convertirse en realidad. Por primera vez en la historia la clase obrera Llegó al poder en Rusia y empezó a construir el primer Estado socialista, bajo la dirección del partido creado por Lenin, el Partido Comunista (bolchevique). Al concluir la Segunda Guerra Mundial, otros países abolieron el sistema capitalista de producción e iniciaron la edificación del socialismo en Europa y en Asia. Más tarde, en Cuba, en 1959, la revolución popular, democrática y antiimperialista, se transformó en socialista. Existen ya, en consecuencia, dos mundos, dos regímenes mundiales de producción: el capitalista y el socialista. Ciertos jóvenes mexicanos partidarios del socialismo se preguntan con ansiedad: ¿y cuándo se va a establecer el socialismo en nuestro país? Y los más impacientes dicen: ¿por qué no ahora, para qué esperar? Esta inquietud, muy explicable, es legítima cuando la inspira la buena fe y por eso merece más que una respuesta lacónica algunas reflexiones. Los jóvenes de hoy, a medio siglo de distancia de la Revolución de Octubre y de veinte años de las revoluciones de las que surgieron las democracias populares en Europa, sólo tienen la imagen luminosa de la victoria de la clase obrera; pero no del proceso de la revolución, lleno de dramatismo, de sacrificios inmensos, de experiencias positivas y negativas, como crisol hirviente en el que se han templado millones de seres humanos, héroes anónimos que en ningún momento buscaron ni la publicidad ni la gloria. Quizá la obra de Lenin, recordando su vida a grandes rasgos, sirva mejor que cualquier historia o tratado político para apreciar lo que la revolución significa como teoría y como práctica, como unidad de la filosofía y de la lucha, y lo que la política como ciencia y su aplicación a cada momento concreto de la acción tienen de grandioso como productos de la facultad creadora de la voluntad y del pensamiento. Nace Lenin Vladimir Ilich el 22 de abril de 1870. Termina sus estudios universitarios en 1891. Dos años después se convierte en el dirigente de los marxistas de Petersburgo. En 1894 aparece su primera gran obra, Quiénes son los “amigos del pueblo” y cómo luchan contra los socialdemócratas, en la que señala el camino por el que debían marchar la clase obrera y sus aliados los campesinos. En 1895 agrupa a todos Los círculos obreros marxistas de Petersburgo en la “Unión de lucha por la emancipación de la clase obrera”’, embrión del partido del proletariado revolucionario de Rusia. Ese mismo año es arrestado; pero desde la cárcel continúa dirigiendo a la “Unión”. En 1897 es deportado a Siberia, y ahí termina su importante estudio titulado El desarrollo del capitalismo en Rusia. Vuelve del exilio principios de 1900; parte para el extranjero y funda el primer periódico marxista Iskra para toda Rusia, que contribuyó mucho a la derrota ideológica de los llamados “economistas”, enemigos de la creación de un partido proletario independiente. En 1902 apareció el libro de Lenin ¿Qué hacer?, en el que estableció los fundamentos teóricos del partido marxista. En 1904 publica un trabajo que tiene por nombre Un paso adelante, dos pasos atrás, que contiene la doctrina completa del partido. En vísperas de la revolución de 1905-1907, Lenin prepara al partido para tomar la dirección del movimiento. En su obra julio de 1905 Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática, formula la táctica del partido y precisa la relación entre la revolución burguesa y la revolución socialista, planteando la hegemonía del proletariado en su alianza con elementos semiproletarios y con las masas trabajadoras. Derrotada la revolución, Lenin se ve obligado a emigrar al extranjero en 1907. En 1909 aparece su obra filosófica Materialismo y empiriocriticismo, de importancia capital para la preparación teórica del partido de los “bolcheviques”, porque combate la doctrina del idealismo subjetivo opuesta al materialismo dialéctico y al materialismo histórico. En 1912, en la ciudad de Praga, los bolcheviques se constituyen en partido político. Ese mismo año los obreros de Petersburgo fundan el periódico Pravda como diario legal. Lenin se traslada a Cracovia para estar más cerca de Rusia; pero lo arrestan y después se establece en Suiza. Durante la Primera Guerra Mundial 1916 escribe su famosa obra El imperialismo, fase superior del capitalismo, que descubre la ley del desarrollo desigual del capitalismo en la época del imperialismo y califica al imperialismo de antesala de la revolución socialista. Apoyándose en su teoría sobre el imperialismo llega a la conclusión en sus escritos Acerca de la consigna de los Estados Unidos de Europa (1915) y El programa militar de la revolución proletaria (1916), de que la victoria del socialismo es posible en un país aislado o en un pequeño número de países, y de que la victoria simultánea del socialismo en todos los países o en la mayor parte de los países capitalistas es imposible, y preconiza la transformación de la guerra imperialista en guerra civil. Sus notas, recapitulaciones y fragmentos escritos en ese período formarán sus Cuadernos filosóficos, que constituyen un aporte precioso a la filosofía marxista. Después de la caída del zarismo en febrero de 1917, Lenin vuelve a Rusia y llega a Petrogrado el 3 de abril. Al día siguiente aparece en la escena con sus célebres Tesis de abril, que desarrollan su programa para pasar de la revolución democrático burguesa a la revolución socialista bajo la consigna “Todo el poder a los Soviets”, consejos de obreros, campesinos y soldados. El gobierno provisional presidido por Kerenski ordena el arresto de Lenin, quien se ve obligado a pasar a la clandestinidad. Escribe entonces su obra El Estado y la revolución, que desarrolla la tesis de Marx y Engels sobre la dictadura del proletariado y demuestra la necesidad de demoler la maquinaria del Estado burgués para reemplazarla por la República de los Soviets. En 1917, habiendo obtenido los bolcheviques la mayoría en los Soviets de Petrogrado y de Moscú, el Partido lanza de nuevo la consigna. “¡Todo el poder a los Soviets!” En una serie de cartas y artículos dirigidos al Comité Central y a los Comités de Petrogrado y de Moscú del Partido, Lenin llama a la insurrección armada y a la toma del poder, ofreciendo un plan concreto de la insurrección. El 7 de octubre llega Lenin clandestinamente a Petrogrado proveniente de Finlandia. El día 10 el Comité Central del Partido acuerda la insurrección armada. El 25 de octubre (7 de noviembre según el calendario de los países occidentales) estalla la revolución y Lenin la dirige. Al día siguiente, durante la sesión del II Congreso de los Soviets, Lenin plantea la necesidad de dos decretos: uno sobre la paz y el otro sobre el problema de la tierra. Asume la presidencia del Consejo de los Comisarios del Pueblo, primer gobierno de obreros y campesinos elegido por el Congreso. Se dedica por entero a la edificación del Estado Soviético y formula el programa para la construcción del socialismo, que se publica con el nombre de Las tareas inmediatas del Poder soviético (1918). El 30 de noviembre de ese año Lenin es gravemente herido. La revolución ha triunfado, pero sólo en su primera fase. Las potencias imperialistas deciden hacer imposible la construcción del régimen socialista. Invaden a Rusia apoyadas por los contrarrevolucionarios del interior. Todo el país se convierte en un campo atrincherado y la vida del Estado naciente se organiza de acuerdo con las necesidades de la guerra. Se crea el Ejército Rojo, que combate a los contrarrevolucionarios y a los intervencionistas. Lenin elabora el nuevo programa del PC (b) de Rusia, que es aprobado por el VIII Congreso del Partido, el cual resuelve también la alianza firme con los campesinos medios. En su trabajo Economía y política en la época de la dictadura del proletariado (1919) Lenin examina los problemas de la transición del capitalismo al socialismo. Terminada la guerra civil, Lenin dirige el trabajo de restauración de la economía nacional, formula el programa de electrificación y redacta el famoso plan para pasar del comunismo de guerra a la nueva política económica (NEP). Preocupado por las desviaciones a las que algunos elementos quieren llevar al Partido, entre ellos Trotski, en la primavera de 1920 Lenin escribe el libro La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo, que es el mejor tratado de estrategia y táctica del leninismo. El 20 de noviembre de 1922, ya muy enfermo, pronuncia en la asamblea plenaria del Soviet de Moscú su último discurso ante el país, que termina con estas palabras proféticas: “de la Rusia de la NEP saldrá la Rusia socialista”. En 1923, en una serie de artículos de largo alcance, hace Lenin el balance del trabajo cumplido durante los años de la revolución y traza el camino del desarrollo ulterior de la revolución socialista. Elabora un programa científico que comprende la industrialización del país, la reestructuración socialista del campo y la revolución cultural. El 25 de enero de 1924, muere Lenin en el poblado de Gorki, cerca de Moscú. Con su desaparición termina la segunda fase de la construcción del socialismo en Rusia y comienza la tercera. ¡Cuánto falta por hacer todavía! Pero existe el Partido, y Stalin (1879-1953) asume la dirección de su Comité Central. Lucha Stalin contra los capituladores, contra los enemigos del materialismo dialéctico y del materialismo histórico; aparecen los planes quinquenales para el desarrollo de la economía, la transformación de la agricultura, la industrialización, el impulso a las naciones y a los grupos nacionales dentro del territorio de Rusia, con fuertes supervivencias de la etapa feudal o en el período nomadista; se da estructuración jurídica al Estado soviético, que se expresa en una Constitución de tipo absolutamente nuevo; se intensifica la educación socialista y la protección resuelta a la investigación científica; la formación de miles de cuadros para la transformación del país; se elabora el programa para dar cima a la edificación socialista y pasar gradualmente del socialismo al comunismo. Aunque entre el socialismo y el comunismo no hay sino diferencias de grado, no se Llega al comunismo que es la fase superior del desarrollo del nuevo régimen, de la formación económico social que sustituye al capitalismo, sino pasando previamente por la fase inferior que es el socialismo. Son dos estadios de un solo modo de producción económica. Su base es la misma: la propiedad social sobre los medios de producción; en contraste con el capitalismo, cuya base es la propiedad privada. En la medida en que las fuerzas productivas se multiplican y la sociedad socialista crece y va alcanzando su madurez en todos los aspectos de la vida colectiva, van desapareciendo las diferencias entre la ciudad y el campo, entre el trabajo físico y el intelectual, y en la forma de distribuir los bienes producidos. En la etapa del socialismo la retribución del trabajo se lleva a cabo de acuerdo con la calidad y la cantidad del esfuerzo realizado. En la etapa del comunismo que es la etapa de la abundancia de bienes y servicios de todo género la distribución se realiza según el principio: “de cada uno según su capacidad; a cada uno según sus necesidades”. (Segunda Parte)
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